El adiós del capitán

El Monumental se prepara para despedir a Lionel Messi, el hombre que durante más de dos décadas convirtió la camiseta argentina en una extensión de su propia historia.

El Monumental estará lleno. No habrá una entrada disponible, un asiento vacío ni demasiados ojos capaces de mirar hacia otro lado cuando Lionel Messi aparezca con la camiseta de Argentina. Será una noche de celebración, pero también de nostalgia. El estadio se convertirá en el escenario del último gran abrazo entre el 10 y una Selección que durante más de dos décadas aprendió a vivir con su presencia.

Habrá amigos, familiares, antiguos compañeros y miles de hinchas que crecieron viéndolo jugar. Algunos recordarán sus primeros pasos, otros las finales perdidas y aquellos años en los que la camiseta argentina parecía pesarle más de lo que cualquier futbolista podía soportar. Después llegarán los recuerdos de las noches felices, de las copas levantadas y de aquel momento en el que finalmente todo pareció acomodarse.

Pero el adiós de Messi no comenzó esta noche. Se fue construyendo durante años, desde aquel video que Jorge Messi hizo llegar a la Selección para que alguien descubriera al joven que brillaba en Barcelona. Claudio Vivas lo vio primero y Marcelo Bielsa no tardó en entenderlo: aquel chico era diferente. Después llegó el llamado de las juveniles, el debut y una historia que terminaría superando cualquier pronóstico.

La camiseta argentina fue, desde entonces, una parte inseparable de su vida. Hubo decepciones, críticas, renuncias que parecían definitivas y finales que dejaron heridas profundas. Sin embargo, Messi siempre regresó. Más de 20 años después de aquella primera convocatoria, su figura ya no puede separarse de la historia reciente de la Albiceleste.

También cambió su manera de liderar. Durante mucho tiempo fue señalado por no tener la personalidad suficiente para cargar con la responsabilidad de una Selección que exigía resultados inmediatos. Hasta que llegó aquella derrota inesperada ante Arabia Saudita en el Mundial y, en medio del desconcierto, Messi apareció frente a los periodistas. Respondió todo. No escapó. Y dejó una frase que terminó convirtiéndose en una promesa: “Que la gente confíe, no los vamos a dejar tirados”.

Con los años, su liderazgo dejó de necesitar discursos. Se volvió una cuestión de ejemplo. Correr cuando las piernas ya no respondían, pedir la pelota cuando el partido quemaba, levantarse después de cada golpe y volver a intentarlo. Messi no solamente enseñó a ganar; también mostró cómo convivir con la derrota sin abandonar el camino. Su carrera con Argentina terminó convirtiéndose en una lección de perseverancia.

Por eso, cuando el Monumental vuelva a escuchar su nombre, no estará despidiendo únicamente a un futbolista. Estará despidiendo al niño que soñó con jugar para Argentina, al capitán que atravesó las derrotas más dolorosas y al campeón que finalmente consiguió aquello que durante tantos años parecía imposible. El número 10 puede quedar vacante, pero su lugar en la historia ya no lo ocupará nadie.

Quizás por eso el silencio antes de su aparición diga tanto como los miles de gritos que vendrán después. Messi estará en la superficie, con una última camiseta, un último partido y una última ovación. Pero debajo de todo quedará algo mucho más grande: una generación entera que aprendió a identificarse con él, incluso en la derrota. Y cuando llegue el momento de decir adiós, el fútbol argentino tendrá que aceptar que algunas historias no terminan realmente; simplemente dejan de escribirse en presente.